Escritos Logosóficos

La paciencia como factor, del éxito

raumsol
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La paciencia como factor, del éxito

Vamos a descontar que nadie ignora que el temperamento humano es de por sí impaciente. Si se quiere, ésta es una de las deficiencias del carácter que impide al hombre llevar adelante sus mejores propósitos de mejoramiento.

Es necesario comprender que la paciencia, mirada como factor del éxito en los empleos útiles del esfuerzo, no tiene que limitarse en su expresión dinámica cuando se quiere obtener por su medio lo que exige cada circunstancia como tributo de tiempo. Por eso no debe entenderse que la paciencia es una virtud cuando se presenta bajo las formas de la pasividad. La paciencia inactiva no conduce a nada, ya que carece del soplo causal que anima esa virtud. Concebida como fuerza, ella, debe crear el estímulo del poder sobre la resistencia del obstáculo.

Quien se acurruca bajo la impresión de la impotencia y el desaliento, aniquila, sin saberlo, sus propias fuerzas. En estar, condiciones la lucha se hace dura y es común caer vencido y sumirse en’ la más completa desesperación Ese es el fin de los impacientes, de los que no han sabido coordinar sus fuerzas internas para enfrentar la adversidad, que a cada instante ofrece un nuevo campo de lucha.

Hemos dicho que la paciencia tiene que ser activa, y a esto agregaremos que para ser activa requiere que se establezca un orden en el dominio de las’ realizaciones, puesto que al forjamiento de un plan debe seguir la conducción paciente e inteligente del esfuerzo. La paciencia ha de acompañar al ser hasta el resultado final, pues debe ser la fuerza activa que sostiene el empeño hasta su culminación.

La paciencia pasiva es aquélla en que el ser se limita a esperar que las cosas se resuelvan por sí solas, pretendiendo que la Providencia le sonría y que lo que debe ser el fruto del es fuerzo y la razón, llegue como premio a la constancia de esperar sin hacer nada.

Dijimos en otra oportunidad que la paciencia crea la inteligencia del tiempo, debiéndose entender, desde luego, que nos referimos a la paciencia del que sabe esperar. Es indudable que cuanto más se comprende el valor de la paciencia tanto mayor es la eficacia con que sirve el tiempo, dando una serenidad de espíritu que no la tiene el impaciente.

El que es paciente bajo el benéfico influjo de su conciencia, sabe que nada termina para él; lo contrario de lo que le sucede al que con su impaciencia pone fin a aquello que no debió excluir de sus posibilidades. Para el primero, cada cosa puede proseguir existiendo para su razón todo el tiempo que sea necesario hasta lograr su objeto: el resultado anhelado; no así para el segundo, en el que cesa toda continuidad.

Puede decirse, entonces, que es un secreto digno de ser tenido en cuenta, el hecho de que los mejores éxitos que el hombre ha podido tener en la conquista del bien, han sido merced a esa paciencia activa puesta de manifiesto en su perseverancia, también a esa fe su ininterrumpida labor, su consagración, y consciente que se va arraigando en el alma merced a las propias constataciones.
Se deduce de estas consideraciones, que uno de los grandes defectos del hombre, es la inconsecuencia. Más que alcanzar un firme y consecuente desarrollo de sus, facultades, se preocupa de mil cosas pueriles, con lo que pone de manifiesto el poco valor con que estima su propia vida. Estos son los que prefieren las andanzas del impulso instintivo tras las falaces luces de la irrealidad.
Con cuánta razón podría llamarse al arte de enseñar las normas superiores de conducta, paciencia compasiva, ya que a la ardua tarea que ello significa, se agrega un natural sentimiento de tolerancia y conmiseración.
El día que sea rasgado el velo de ese enigma que mantiene a la humanidad ignorante de lo que podría ser en un futuro, se habrá dado el paso definitivo de transición ‘hacia una especie superior al género humano en su configuración psicológica y mental.

Revista Logosofía, mayo-1942- página 17
Publicado por el Maestro Raumsol